Casualidad
creditos: Max Gonçalves

Casualidad

Sucedió. Después de la separación, la casa a las orillas del lago tenía un aire totalmente diferente. No era más el punto de retorno y el resultado de un proyecto que había creado para vivir el gran amor. Para, de forma silenciosa, construir un tiempo de sol y primavera con la mujer que tanto amaba.

La casa no guardaba más las risas y las historias del pasado. El dolor iba amainando y lo que antes era silencio se convirtió en fiesta. Los amigos volvieron, era como si de repente la libertad volviese y las conmemoraciones no podían parar.

Entraban en mi vida nuevas personas. Mujeres, cada vez más mujeres, chicas queriendo ser mujeres, amigos trayendo como trofeos aquellas conquistas y, bien intencionados, regalándome pechos y culos extraños sin preguntarme siquiera si me gustaban o no. Pero era parte de la fiesta de la libertad mostrar que no había tristeza ni remordimientos que pudieran resistir todo aquello.

Y las variantes eran fantásticas. Almuerzos con parejas e invitadas intelectuales, llenas de buenas intenciones, queriendo mostrar antes su inteligencia que sus pechos. Un paseo en barco con prostitutas que venían por la fiesta, por el dinero y por el secreto, porque al final esta era una isla y ya nos conocíamos de otros lugares.

Desde el gimnasio hasta la fiesta barullenta siempre estaban allí. Juraban que nunca habían hecho eso, pero al final, los bolsos de marca, los zapatos nuevos, los atractivos vestidos eran cada vez más caros. Decían que estaban allí por ser nosotros quienes éramos y que era su primera vez. Con champagne y mucha alegría conmemorábamos ese bautismo y, a pesar de estar todavía en primavera, conseguíamos que todos los días fueran verano y, sobre todo, que parecieran sábado.

Mi hermano, el poeta Vinicius, debía de estar retorciéndose en la tumba arrepentido de no haber bebido tanto y no haber esperado mi separación. Pero no podía tener remordimientos, recuerdo cuando él se separó de Jesus en Salvador. Jesus era una mulata de metro ochenta, perfecta, con perfume de fiesta, siempre sonriente, tan generosa que siempre tenía una parte de ropa cayendo, o era la blusa, y ahí aparecía un pecho todo torneado y del mismo color dorado de su cuerpo, o un pantaloncito cortito que iba bajando y casi revelando el trasero más famoso de Bahía.

Era el octavo casamiento del poeta y como siempre juraba a todos nosotros, sería el último. ¡Casar nunca más!, repetía. Aprendí con todas que la última tenía que venir de nuestros orígenes y nuestros orígenes son africanos. Una tarde, en Itapoã, después de una playa de sol y mucha caipirinha, cuando estaba anocheciendo, Jesus me tomó de la mano y, como si fuese el momento más importante de nuestras vidas, cerca de uno de esos cocoteros que solo crecen en Bahía, se quitó el hilo dental y enseñó un pequeño tatuaje que acaba de hacerse. Ah, me olvidé de contar, Jesus tenía un Jesús tatuado en su nalga izquierda, no era grande, no tenía cara de sufrimiento, claro que no podía tenerla, estando en aquel lugar, pero se parecía a los jesuses de los santos, apenas sonriente, como diciendo que, al final de todo, había valido la pena terminar en ese lugar sagrado, culo de mulata bahiana.

Entonces, solemnemente me mostró, en primera mano, que en el lugar más oculto de aquel culo maravilloso había cambiado el nombre de Jesús y escrito, letra a letra, su nuevo nombre. Vinicius. Pero incluso así, habiendo sustituido a Jesús en el paraíso, llegando el momento, el poeta se separó y me animó para que estuviera cerca de él.

- Solo tú me puedes entender, ya pasaste por eso, al final la culpa es nuestra, nos entregamos por entero y después de llevarse todo, nos tenemos que reconstruir.

Fui a Itapoã, a comer cangrejo y acarajé, beber por la tarde, por la mañana, por la noche y madrugada toda la amargura de la separación y hacer fiestas necesarias para ahogar la tristeza. Las fiestas tenían que tener música, poesía, putas, mujeres serias y candidatas a nueva esposa. Como me había separado también, nos convertimos en mercancía doble y no existe fiesta sin amigos.

El mejor amigo tiene que estar próximo. Al final, la mujer casada, aunque no le guste, tiene que aceptar estar cerca del marido, ya que es su mejor amigo, pero la esposa quiere que se tuerza una pierna o que tenga fiebre alta o un hechizo para que no esté disponible para las farras prohibidas y peligrosas.

Y teníamos, además, nuestro secreto de guerra. Cuando la fiesta no iba a más o las mujeres estaban difíciles, con ese aire lleno de promesas, pero diciendo no, traíamos a Dorival Caymmi y ahí todo cambiaba.

El viejo, con su fuerte voz, la seriedad de un único matrimonio y contando que solo tuvo una mujer en su vida, su mujer, y entonado: “Marina morena Marina…”, ellas se ablandaban, nos creían y conseguíamos mantener una noche más a una princesa en la cama y despertar acompañados, lo que era de ley. “Hombre que se separa y despierta solo está amargando desgracia y avergonzando a la raza, palabras del poeta dichas en voz alta y con una mirada rencorosa, casi como un perro malhumorado.

Y el luto de la separación tenía solemnidad y acontecimientos obligatorios. Era casi como la abertura del parlamento inglés. Si todos los pasos no fueran seguidos correctamente, el luto no valía. Así, teníamos la obligación de tres grandes borracheras. La primera era la de la angustia y de la incomprensión, duraba de dos a tres días y consistía en hablar mal de ella, ver sus defectos, dejando que la rabia y el rencor nos dominase.

- Imagina, me casé con eso… - Y por ahí iba la lista de críticas, con derecho a palabras de bajo calado.

La segunda duraba más, podía durar hasta cuatro días y era la de la nostalgia. El corazón volvía a mandar y las palabras de dulcificaban, los gestos eran más contenidos, la música más triste y solo recordábamos los grandes momentos. Hasta dábamos algunas carcajadas inesperadas, cuando los recuerdos ayudaban, y hasta hablábamos de sexo con cariño. Muchas veces una lágrima presa se desprendía y llorábamos por la mujer perdida. El culo volvía a ser bonito, la celulitis se olvidaba, los pechos inigualables y perdonábamos todos sus actos de brujería. Era una borrachera regada con Chico Buarque y Maria Betânia y el orgullo dejaba de existir.

Acabábamos haciendo unas poesías y si había un músico cerca, se convertía en canción y hasta podía acabar siendo cantada por todo Brasil. Dividíamos nuestra nostalgia con el mundo y así enterrábamos la distancia. Esa borrachera es una época de muchas mujeres. Les gusta el hombre perdido, aceptando de corazón abierto que macho es macho y siente nostalgia de la mujer.

Incluso las mujeres pagadas cobraban menos en ese periodo, hacían descuento para levantar el corazón y, cuando surgían las poesías y las canciones, se ofrecían gratis por el placer de la eternidad.

La tercera borrachera era la del olvido, en tono de fiesta y surgía cuando el corazón comenzaba a apasionarse de nuevo. El poeta me llamaba barón, decía que nunca perdía la clase y así el luto que se precie tiene que tener a un fiestero cerca, de aquellos que dicen palabrotas, pasan la mano por el culo de las mujeres y hasta discuten el precio con la puta, y no respetan a mujeres casadas o acompañadas, incluso si está muy bien acompañada.

Después de esa venía la fase del amor, volvían las sonrisas, las llamadas apasionadas, la elección era difícil entre las mujeres que ya tenían plaza en el corazón y las inesperadas que aparecían de repente para hacer la elección más difícil todavía. Pero como todo lo que es natural, acabábamos entregando el corazón a una de ellas, nos escondíamos de las otras y casi sin notarlo, estábamos viviendo un gran amor.

La vida pasaba a tener sentido, los días eran más azules, el tiempo pasaba deprisa y encontrábamos gracia hasta en chistes viejos, de aquellos que ya habíamos oído más de 863 veces. No reclamábamos de los servicios y hasta creíamos que los bahianos eran rápidos. Fila de banco como entrada para show de Caetano Veloso, todos entran riendo. Y comenzaba todo de nuevo, dolor que se convertía en amor hasta otro ciclo del adiós.

Sabíamos que un día aparecería la mujer ideal, aquella que nunca más nos dejaría en la soledad y que el dolor atormentase al corazón, y nos convertiríamos todos en Dorival Caymmi, hombres de una única mujer, en nuestro caso, la última. Pero volvamos a mi historia.

Como el poeta ya había partido para otra, eran amigos nuevos los que hacían las solemnidades necesarias. Las borracheras eran sustituidas por cenas sofisticadas, almuerzos al atardecer y paseos de barco en las tarde de sol.

Y todos los días aparecían planes y mujeres, algunas interesantes, otras menos interesantes, eventualmente alguna aburrida – nadie escapa- pero eran mujeres y merecían nuestro respeto, afecto y mucho cariño.

La palabra tenía que ser siempre gentil y el gesto cariñoso, al final son de lo más bonito que existe en el mundo, incluso las que no saben hablar pero saben andar como nadie. Con el tiempo, el gusto se hacía más sofisticado y teníamos que abandonar a algunas, olvidar otras, cumplir la orden de nunca despertar solo, pero intentar no despertar arrepentido. Al final, solo nos despertamos una vez por día, excepto en días de resaca fuerte en la que te despiertas a cada momento y no duermes nunca.

Es también la época de las maravillosas sorpresas. Mujeres que llegan tranquilas y van iluminando el corazón y haciendo pulsar más deprisa la esperanza. A veces es la novia de un amigo, y el respeto es necesario, otra vez es la chica de otra tierra que llega con aire sincero, mirada llena de fuerza y coraje y la isla comienza a quedarse pequeña y da aquella morriña cuando se va, a veces sin saber que dejó tanto recuerdo, recuerdo bonito.

Vuelven los días de soledad por la casa grande, tiempo para pensar, llorar los dolores de la partida y dolores antiguos que solo teniendo a los hijos cerca y las miradas amigas consiguen suavizar. Pero como siempre, el ciclo recomienza y vamos, sin querer y hasta sin saber bien por qué, olvidando nuestros pensamientos en una persona y dejando la vida llegar una vez más.

Y como todo lo que se escoge, se va haciendo único, descubrimos una nueva ternura, descubrimos al final que alguien también nos quiere, a veces sin saberlo, pero descubrimos sobre todo que el amor todavía existe y que las fiestas se van quedando más ilumindas cuando la persona querida está cerca y que se quedan más aburridas y hasta insoportables cuando la persona querida no está.

La exmujer amada se pierde en los recuerdos, eventualmente se convierte en amiga, casi siempre apenas memoria, y hasta las referencias significativas se van archivando en el inevitable adiós a lo que pasó. Vuelve el tiempo de las conquista, volvemos a ser quijotes destruyendo molinos, inseguros hasta de lo que vamos a decir y en esta época de comunicación inmediata y global ansiamos un e-mail, un mensaje en Facebook o una llamada redentora.

Ya tuve un amigo que se dio cuenta de que la exmujer era la mujer nueva, a la cual ansiaba, y fue a la lucha para reconquistarla. Pero es difícil, tiene que ser una mujer diferente, reconquista es cosa del que está hechizado y no lo descubrió. Fui así, dejando que el tiempo me llevase, el tiempo era corto para tanta novedad, por una de esas coincidencias que solo la soledad explica, volví a escribir, mi editora despertó y ensayábamos un nuevo libro, hasta una revista de mujeres maravillosa iba a publicar un cuento de mis memorias con el poeta, sobre aquel Rio de Janeiro que, en la época, era el recreo del paraíso.

La música volvía lentamente, el piano pasaba a ser compañero diario y hasta reclamaba de tener que trabajar tanto. Los viajes tenían un nuevo sabor y aroma, la libertad ya había sustituido a la morriña y los dolores se iban calmando lenta y gentilmente. Como no podía dejar de ser, fue llegando manso el gusto de amar y, en esa hora que la felicidad y la esperanza volvían, venía siempre la pregunta.

- Estás con una cara nueva, óptimo, ¿qué es eso hombre? ¿estrenando novia? ¿dónde la conociste?

Y la respuesta, ¿qué respuesta dar?

- Fue por casualidad, es más, el azar es el mayor aliado del amor, trae lo que no te esperas, más aún, te trae lo que no esperas y, por eso, es fundamental.

Y terminaba diciendo lo que estoy seguro que el poeta diría:
- Hombre, piensa bien, sin azar no existe amor, solo existe repetición.
- ¿Cómo descubriste eso? – pregunta incrédulo el que no sabía amar.
- De casualidad, respondí.

 

Max Gonçalves



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