Amor
creditos: Max Gonçalves

Amor

Poemas de Vinícius, música francesa, pequeños recados en papel aromatizado, incluso una tentativa de poema mal escrito y mal rimado. Cosas del amor, decían los amigos íntimos y el grupo de póquer. “¡Está loco!”, decían los más próximos, familia y empleados.

La mujer solo quería saber quién era la otra, la que le iba a llevar a otra vida, pero nada cambió, hasta un detective contratado constató que no existía otra o estaba tan escondida que no valía la pena preocuparse. Ella, la mujer actual, resolvió seguirle. Ella salía, iba atrás y nunca veía nada, siempre la misma rutina absurda y repetitiva, sin ninguna imaginación. Pero, ¿por qué ese aire de felicidad absoluta? ¿Y las cartas, los recados y las ropas diferentes y juveniles? Nada hacía sentido, era sueño y pesadilla al mismo tiempo.

Como era nuestra amiga recurrió a nosotros.

- ¿Qué hacer? – preguntaba asustada. – Estoy segura de que es otra mujer, ¡él está hasta más inteligente!

Por causa de esta última información, que él estaba más inteligente, resolvimos adoptarlo en el grupo para descubrir el misterio. El poeta distribuyó libros de Sherlock Holmes para entrenar, dio dos días para leer las aventuras del detective más famosos del mundo y
aprendimos alguna cosa.

Nara Leão, con lógica asustadora, dijo:
- Si leyendo el libro aprendiésemos a ser detectives no sería necesaria la academia de policía, bastaría que llamasen a los que saben leer.

Convocamos a Helio Pelegrini, el mayor psicoanalista de Brasil, que escuchó con atención la historia de la transformación de Zé Manuel y, después de pensar algún tiempo, preguntó: - Cambió de nombre, tiene sobrenombre nuevo, alguna cosa así, porque si continúa como Zé
Manuel hasta el fin. Ella es la que debería haberse casado con un Felipe, un Marcos Vinícius, alguien con nombre de emperador. Esos cambian fácil, pero Zé Manuel, humm…

Marina Morena, nuestra amiga hija de Rute Almeida Prado, que tenía ese nombre en homenaje a Caymmi, estaba a nuestro lado.
- Si siendo parte de las mayores inteligencias de nuestro país y no lo descubren, ¿quién va a descubrir lo que pasó con Zé Manuel?
Invitamos a Zé Manuel para el encuentro matinal del viernes en el bar de Montenegro. Buscó excusas, tenía que dejar de trabajar, pero al conocer la lista de presencias y al estar seguro de que el poeta y el maestro estaría allí, se lio la manta a la cabeza, se puso un polo rojo y un pantalón blanco y, con aire de turista estadounidense, se sentó en nuestra mesa.

Daba para dar avergonzar tener a aquel Zé blanco, pelo estirado y ropa de meter miedo en nuestra sagrada mesa, pero por Marina haríamos cualquier cosa. Comenzamos con caipirinha y Zé aceptó con alegría. Para llegar más rápido a la verdad, le dijimos que siempre que alguien nuevo se juntaba a nosotros tenía que beber dos caipirinhas mientras el poeta bebía una. Si no cumplía el ritual tenía que salir de la mesa y jamás volveríamos a mirarle a la cara.

La estrategia era emborracharle rápido y, cuando estuviese con los ojos vidriosos, aturdido, entraríamos directos con el asunto, le forzaríamos a dar una respuesta redentora y Marina sabría la verdad. Después de treinta y siete minutos, ya había bebido ocho caipirinhas y continuaba tranquilo, con aire de interesado, maravillado con aquella vida irresponsable de Ipanema, incluso se había arriesgado con dos palabras enteras. Apelamos al arma secreta, avisamos que después de cuarenta minutos el poeta pasaba para el whisky y ahí la proporción pasaba de tres a uno, o sea, para cada vaso del poeta, tres vasos del aspirante a la fama.

Zé Manuel aceptó en el momento e incluso anunció solemnemente que pagaría la primera ronda y se apresuró, para nuestro espanto, a pedir un whisky para cada uno de nosotros y tres para él. El otro Manuel, el portugués, dueño del bar, con la lógica de un cantante de fado, preguntó:
- ¿Quieres los tres a la vez? ¿En tres vasos? ¿No es más fácil pedir el triple o lo que te gusta son los vasos?

Zé Manuel, con una paciencia y tranquilidad imposible para quien ya había tomado ocho caipirinhas, explicó a Manuel que aquello era un ritual de aceptación, así que para cada vaso que el dueño del bar traía al poeta, tenía que traer tres para él. Manuel, incrédulo, replicó:
- Vas a morir de coma etílico y esos ahí no van a ir a tu entierro.

Más media hora y nada, Zé Manuel parecía estar más sobrio y dueño de la situación cada tres vasos que bebía. Según las cuentas, ya iba por nueve whiskys y ocho caipirinhas. Fue ahí que, con la sutileza de un elefante, Edu Lobo, recién llegado a la mesa y sabiendo el objetivo de aquel encuentro – para el que no lo sabe Edu estaba apasionado por Marina – estaba ansioso para culpar a Zé, conseguir la separación de ambos y así iniciar la conquista de la mujer amada.

Entonces, como decíamos, sutilmente habló.
- ¿Y ahí, Zé, lleno de gatitas, estás poniendo los cuernos a tu mujer con una rubia o una morena?

Silencio aterrador, todos miramos a Edu y esperamos la respuesta. Zé Manuel, medio sin gracia, con aire del que se va a exponer más allá de los límites, respondió:
- Sí, va a aparecer extraño, pero me casé virgen y hasta hoy solo estuve con Marina, disculpen, pero soy así, debo ser aburrido y sin historias ni romances, peor todavía.

Caímos en una carcajada conjunta y sonora y nos reímos tanto que Zé Manuel hasta se quedó borracho de repente, y sin entender nada, comenzó a reír también. Al final, con una simple respuesta resolvimos la mitad del problema, la otra era entender el cambio de Zé. Marina
nunca aceptaría esta simple conclusión, ya que hasta el perfume había cambiado y era necesaria una explicación.

Imposible conseguir nada de Zé en aquel momento, ya que estaba totalmente borracho, la cabeza se le iba para todos los lados y, según nuestros cálculos, en un máximo de 11 minutos estaría desmayado y sin retorno. Zé había sido cargado por el camarero, Esteves, que le puso en un taxi y le dejó en la portería del edificio. De ahí hasta el ático, donde vivía, fue cargado por el portero Otalício y por el
encargado del garaje, Fagundes. Abierta la puerta por una Marina afligida, lo llevaron a la cama de matrimonio que estaba lista, con sábanas nuevas de hilo egipcio, con olor a lavanda.

Nerviosa y educada, Marina preguntó asustada si estaba vivo.
- Sí, respondió Otalício, pero borracho como una cuba.

Con esta frase se retiraron. Marina, asustada, miraba a aquel hombre que se había convertido en un desconocido, y ahora más, porque en doce años de casado nunca bebió nada, ni cerveza fría. Como Zé no iba a responder en las próximas horas, fue al teléfono y no nos dejó en paz, quería saber todo y nos culpaba por nuestra indiferencia ante su sufrimiento.

Habíamos acordado no decir nada hasta resolver la mitad del problema que faltaba. De cualquier forma, de nada iba a servir, no creería y además perderíamos a nuestra única Marina Morena. Así justificábamos aquella borrachera del inexperto Zé. Nos disculpamos y prometimos que en una semana resolveríamos todo y sabríamos el motivo de esos cambios. En una reunión de emergencia, decidimos dividirnos en dos equipos. Uno iría a nuestros encuentros en el bar de Montenegro, iríamos todos y dejaríamos a Zé a gusto, poco a poco podríamos analizar su comportamiento y descubrir la verdad.

El otro adoptaría una estrategia de reuniones frente a frente: cada uno de nosotros intentaría salir con él a solas, con cualquier excusa, y buscaríamos penetrar en aquel inmenso secreto y descubrir el motivo del cambio.

¡Y nada! Pasó una semana e imploramos a Marina más tiempo, le explicamos que la ciencia de la investigación era mucho más difícil que la poesía o la música, le dimos otras razones y conseguimos una semana más. Antes de darnos este plazo nos dijo que después de estar
saliendo con nuestro grupo había empeorado todavía más, hasta el libro de poesía leía antes de dormir y eso, para Marina, era indicio de un nuevo amor.

- Solo un hombre apasionado lee poesía, hombre detesta estas cosas.
- ¿Y los petas? – preguntamos.
- Ah, si no es maricón, es un potro, hace poesía para conseguir sexo a cambio.

Y así, reducidos a esta simple definición, ganamos una semana más para trabajar. La primera reunión frente a frente, como no podía ser de otra forma, fue con Edu, al final, estaba muy interesado en el asunto, quería resolver todo rápido y liberar a Marina de aquel Zé Manuel.

Marcaron un encuentro en García, una bebida y algo de comida si la conversación se alargaba. Edu fue directo al asunto.
- Está todo el mundo extrañando tu transformación, Zé, todos quieren saber por qué, y la mayoría apuesta que tienes un nuevo amor, una amante, en fin…

Zé, animado, preguntó: - ¿Estoy mejor así?

- Claro, respondió Edu.

Era el momento de agradarle para arrancar la verdad.

- Entonces, me estaba sintiendo muy aburrido, aburrido hasta para mí mismo, me miraba en el espejo y me deprimía, entonces comencé a pensar cómo ella podía gustar más de mí de aquella forma, tenía que cambiar.

- Entonces hay una ella, respondió Edu, ya anticipando la solución y pensando que era el mejor de los sherlocks improvisados.

- Claro, respondió Zé Manuel.

- Cuenta para mí, ¿quién es esa diosa?

- Es la mayor de las diosas, pero no te lo puedo contar, te vas a reír de mí.

A pesar de toda la insistencia, varios whiskys y un almuerzo con langosta, Zé permaneció irreductible y no dijo el nombre tan buscado por nosotros. Cuando Edu nos reportó el encuentro con detalles fuimos obligados a reunir al grupo. Ya existía la confesión, Zé había cambiado por causa de una mujer. Existía una confesión anterior en la que decía haberse casado virgen, existía el trabajo del detective que no encontraba nada, existía Marina fisgando a Zé: cartera, cuaderno de direcciones, teléfono, en fin, revisando su vida y nada.

Después de ver los hechos, como sucedía en los libros de Sherlock Holmes, convocamos al doctor Watson, que no podía dejar de ser otro que nuestro psicoanalista, Helio.

- Elemental, dijo. Después de todo lo que me dijeron estoy seguro de que Zé está apasionado, pasión brava, de aquella que se carga por una vida entera.

Y dicha esta frase se levantó solemne porque de aquí a poco estaría atendiendo a otro cliente. Teníamos la respuesta. El misterio continuaba. Resolvimos contar todo lo que sabíamos a Marina, mostrar que intentamos y que teníamos el motivo, solo no teníamos el nombre. De hecho, todos los cambios habían sido por amor, pero ¿cuál era la musa de Zé?

Misterio profundo… Marina lloró sin parar, si fuese griega se habría tirado de los pelos y tirado arena en el rostro, como era carioca y vanidosa, lloró hasta sin lágrimas, para no perjudicar el maquillaje. Pedimos dos semanas más y ella aceptó sin reaccionar. En su búsqueda ella no encontraba nada concreto. Había encontrado recortes de poesía en la cartera, con frase subrayadas: … puesto que sea inmortal mientras dure… Y tantas otras que indicaban lo inevitable. Zé Manuel estaba totalmente apasionado.

Como no podía dejar de ser, comentamos el hecho de que se había casado virgen, Marina no solo lo confirmó sino que además dejó brotar un leve gimoteo, sin lágrimas, al recordar tamaña pasión.

- Es capaz de esas cosas, y ahora se lo da todo a otra…

Unos sollozos en seco y después caminamos todos juntos por la playa en dirección al bar. Edu habló bajito, con voz grave y muy seria; - ¿Por qué no haces lo mismo y buscas un novio? Vamos a ver su reacción.

Para desánimo y tristeza de nuestro Edu, Marina respondió; - No da, cuanto más cambia, más me gusta. Si fuese antes sería capaz, era muy aburrido, pero ahora…

Y así quedó sellado el futuro de aquel amor imposible, Marina se confesaba perdida de amor por el nuevo Zé Manuel. Desesperados, resolvimos beber, llegamos más temprano y nadie arriesgaba una corazonada. Habíamos fallado, Marina, con razón, comenzaba a dudar de nuestra capacidad de saberlo todo.

El maestro arriesgó unas palabras:
- ¿Y por qué no nos abrimos a él y le contamos toda la historia?

No va a ser peor. Ante la falta de ideas combinamos con Zé un encuentro el viernes, en el bar de Montenegro, con derecho a llegar hasta la mañana del día siguiente. Todo cerrado, convocamos al psiquiatra Helio que apenas escucharía y determinaría con su conocimiento si estaba diciendo la verdad o no.

Organizamos los lugares para que Zé estuviese entre el poeta y yo, mirando de frente al maestro y, en los lados, Helio, el psiquiatra oyente, y Edu, que no podría abrir la boca. Amaneció como solo puede amanecer en Ipanema, sin lluvia, sin viento, con aroma de mar y arena fresca. Todo perfecto para el gran día. Zé llegó, sonriente, con una camisa florida, típico estadounidense perdido por el mundo, pantalón blanco y un sombrero panamá. Fui el encargado de conducir el asunto. Así, decididas las caipirinhas, distribuidos los lugares, entre
directo al tema y con sangrantes detalles, con todas las lágrimas secas de Marina, no escondí nada.

Para nuestra sorpresa Zé empezó a reírse y salió saltando de la mesa. Como era muy pronto para el fútbol, Evaristo vino a socorrerlo pensando que se trataba de un ataque al corazón, pero Zé reía y saltaba, sacó al maestro para bailar y giraba entre las mesas como si hubiese ganado la lotería.

Finalmente conseguimos que se calmara y reclamamos; - ¿Estás enfermo? Habla ahora, confiesa, di su nombre.

Sonriente y lleno de razón, Zé habló:
- Es Marina, amigos. Hace unos meses comenzó a salir tarde, siempre que salía ella salía también, y ahí pensé: hay hombres aquí, se está apasionando de otro.

- Me miré por un largo tiempo frente al espejo y vi que tenía que cambiar. ¿A quién le iba a gustar un tipo llamado Zé Manuel que solo vestía ropa gris y negra? ¿A quién le podía gustar alguien así? Hablé con un barbero, tipo con experiencia en mujeres, y me aconsejó ropa blanca con zapatos que combinasen, cambiamos el corte de pelo, ¿recuerdan que hasta empecé a beber? ¿Y qué pasó? Poco a poco Marina llegaba más, hacíamos el amor a todas horas y me preguntaba si estaba cansado. Me hice amigo de ustedes, pero seguía desconfiando, salía mucho y quería saber con quién andaba. Confié en mí y en el barbero y me dije a mí mismo: - Voy a vencer esta batalla. Ahora vienen y me cuentan que el otro era yo mismo, ¡aleluya!

Y así Zé salió bailando entre las mesas, con la alegría de un chaval. Mientras bailaba le preguntamos al psiquiatra Helio que era eso.

- Amor, verdadero amor.

 

Max Gonçalves



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