Isla de Pascua: misterios en el Pacífico
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Isla de Pascua: misterios en el Pacífico

Rapa Nui, uno de los pedazos de tierra habitados más aislados del planeta, a casi 4.000 kilómetros del continente americano y otros 4.000 de Tahití, al otro lado, deja muchas más preguntas que respuestas. Pero tal vez por eso casi 100.000 personas lo visitan cada año fascinadas por el misterio de sus moáis y de una cultura que estuvo a punto de extinguirse varias veces y de la que aún no se ha podido descifrar ni siquiera su escritura. Se conservan documentos, pero nadie sabe leerlos. Por eso todo es leyenda en Rapa Nui, tradición oral que pasa de una generación a otra confundiendo realidad y fantasía mítica.

Esta isla triangular, cuyo lado más largo mide 24 kilómetros, es un espectáculo para la vista, pero sobre todo para otros sentidos más profundos. Incluso antes de aterrizar, el viajero ya percibe que está en un lugar especial, un punto legendario de aventureros. El avión recorre los 4.000 kilómetros desde Santiago de Chile sin que desde la ventanilla se vea nada más que la inmensidad del océano Pacífico. No hay rastro de humanidad entre el continente y Rapa Nui, que está literalmente en medio de la nada. Ni siquiera se ven barcos en el camino.

Y de repente, aparece en medio de ese vacío azul un pequeño pedazo de tierra triangular y redondeado que emerge del agua con los cráteres de sus volcanes y los grupos de moáis sobre sus costas. Los habitantes siguen luchando por conservar su isla casi intacta. Hasta ahora lo han conseguido

Durante centenares de años no había apenas conexión con el mundo exterior, y el universo de los rapa nui se acababa en sus costas. Tal vez por eso ellos llaman a su isla Te Pito O Te Henua (el ombligo del mundo). Desde lo alto de los volcanes se aprecia perfectamente la curvatura de la tierra y se imaginan esos 4.000 kilómetros de agua que nos separan del resto del mundo.

Aquí no existe el estrés. Rapa Nui es la desconexión total con el mundo occidental, con la modernidad. Aquí el tiempo se usa para hacer preguntas. Sobre todo las que devoran las horas de decenas de arqueólogos que han dedicado su vida a estudiar a los ancestros de una isla que llegó a tener solo 111 habitantes, después de tragedias, guerras civiles, hambrunas y ataques desde el continente para llevarse a los hombres como esclavos. Ahora su población ronda las 6.000 personas. Casi todos son, de alguna manera, familiares.

La principal pregunta que fascina al viajero es simple de hacer pero aún no tiene respuesta clara. Los moáis, esas enormes estatuas de forma humana que presiden las zonas más bellas de la isla y servían para honrar a antepasados ilustres, pesan 30 toneladas y miden 6 metros de media. Todo en una sola pieza de piedra tallada en la montaña Rano Raraku. ¿Cómo hacía para moverlos durante 10 o 15 kilómetros atravesando montañas y valles una civilización que no conocía la rueda? Pero para los rapa nui es más simple. “El problema del hombre blanco es que no cree en nada”, se ríe el alcalde, Pedro Pablo Edmunds. “Ustedes no son capaces de creer en la respuesta más simple: los rapa nui movieron los moáis con su bien más preciado: el tiempo.

La cantera de Rano Raraku es un viaje perfecto en el tiempo, y una de las estrellas de la isla. No es fácil encontrar en todo el planeta un lugar así, donde el tiempo quedó detenido. Tal vez solo en Pompeya se pueda imaginar como aquí el instante en el que una cultura se detuvo, con los moáis a medio hacer.

A pocos metros de allí está el resultado de esa cantera, el trabajo acabado en su máximo esplendor: los 15 moáis de Tongariki. Están al borde del océano, y al amanecer, durante el verano austral, el sol sale del mar detrás de ellos, un espectáculo sobrecogedor.

Los moáis dominan cualquier viaje, pero salvo largos paseos en coche — solo hay una carretera de lado a lado y se acaba rápido—, en la isla se puede hacer de todo. La estrella es el senderismo para recorrer las maravillas arqueológicas, pero además triunfa el submarinismo en sus aguas claras —el aislamiento también se da debajo del agua, un tercio de los peces son autóctonos, de colores espectaculares—, la pesca de alto nivel, el surf, las excursiones a caballo, o simplemente el descanso en playas como Anakena, de arena blanca casi rosada. Playas así hay en otros lugares. Pero ninguna está presidida por un grupo de moáis. Allí solo hay turistas, es raro ver un rapa nui. “Eso es para los contis, a nosotros no nos gusta la arena, nosotros nos lanzamos al agua desde las rocas”, explica Tito.

Todos los turistas llegan con la idea de que hay que ver este lugar al menos una vez en la vida. Hay aviones exclusivos que ofrecen la vuelta al mundo en tres semanas por 100.000 dólares e incluyen la isla de Pascua como punto central en el Pacífico. Es frecuente ver a famosos de Hollywood. Y este año ha sido el lugar elegido para lanzar la campaña mundial de lucha contra el cáncer de mama, en una ceremonia presidida por un imponente moái iluminado en rosa.

Pero en Rapa Nui hay todo tipo de viajeros, no solo famosos. Se puede ir al Hanga Roa o al lujoso hotel Explora, escondido en una costa casi inaccesible y especializado en excursiones de alto nivel, pero también se puede alquilar por poco dinero una cabaña construida en el jardín de la casa de un rapa nui. La isla no distingue y los moáis son accesibles a todos.

Otros turistas aprovechan la Tapati, el carnaval, entre la última semana de enero y mediados de febrero, cuando vuelven a casa todos los rapa nui que viven fuera y se juntan 16.000 personas, con competiciones de deportes ancestrales como el peligroso descenso de las laderas de los volcanes en trineo de troncos de plátano.

Ese tiempo glorioso pasó, pero los rapa nui siguen luchando por conservar su isla casi intacta. Hasta ahora lo han conseguido. Y el turista será invitado a continuar esa tarea…

 

Rafael Paniagua



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