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Por el Viejo Mundo

Por el Viejo Mundo

Algunas veces se necesita un cambio, algo nuevo, algo excitante. Mudar de aires, comprar ropa nueva, un fin de semana en la playa, pero algunas veces es necesario que el cambio sea más radical y nada mejor para encontrarse a sí misma que un viaje por el Viejo Mundo.

El Viejo Continente, por contradictorio que parezca, es precursor de nuevos conceptos que guardan una identidad única en sí, y es ahí donde me encontré a mí misma, en un ambiente tan relajado como eso me permite sacar lo mejor de mí.

Primer parada: Italia. Llegué a Milan y desde el primer momento sentí afinidad con las personas de ese lugar que educadamente se ofrecieron a cargar mi equipaje y me mostraron los mejores lugares de la ciudad.

Después de estar por esa ciudad, decidí que mi próximo destino sería la costa entre Francia e Italia: la Cote d’ Ázur y Costa Amalfitana. Mi primera noche fue en Monterrosso. Paseando entre los viejos edificios y la modernización del lugar que se refleja en la excelente conservación de los mismos, me di cuenta de la belleza de las personas que viven ahí. Estaba fascinada.

Me senté en una mesa en la terraza de un restaurant para ver a las personas pasar y tomar algo porque mi cabeza ya andaba dando demasiadas vueltas. Aproveché a comer un delicioso risotto, el cual de tanto elogiar provocó que la chef del lugar saliera a conocerme e invitarme a dar una vuelta por el puerto.

Estaba todo iluminado, los novios se enamoraban al ritmo de Lucio Dalla e Alessandra, la chef, me mostraba como una caminata puede tener varias sorpresas y destinos. Me enseño como aun en un lugar apartado de mi casa puedo encontrar personas maravillosas y en ese ambiente perfecto nos dimos un beso. Caliente, lindo y con un toque italiano. Las piernas de Alessandra, tostadas por el sol mediterráneo, rozaban mi cuerpo, provocándome una sensualidad italiana casi indescriptible.

Nos fuimos al hotel donde me estaba hospedando para ver el atardecer y seguir con el ambiente perfecto hasta el día siguiente, cuando un ristretto doble me despertó con una deliciosa sonrisa.

El tren para Francia salía a las 7h45, yo estaba un poco confundida si eso era un horario o una coordenada, pero después del ristretto y Alessandra, estaba lista para todo y entendí que debía darme prisa.

 Llegué a la primer ciudad francesa que vi después de la frontera y sabía que ahí acontecería algo loco loco.El verano en la Cote d’Azur es muy caliente y ese calor se transmite en las personas. Así que decidí tomar el sol al estilo francés.

Al llegar al club de playa, escogí un camastro cerca del mar, me quité el top y me recosté para tomar un delicioso baño de sol francés. Para refrescarme pedí un vino rosado, especialidad del club. En unos minutos llegó una linda joven con una botella y mientras me servía noté su delicada figura, sus manos tersas y bien cuidadas. Era obvio que ese excelente servicio merecía de una buena propina.

Después de nadar un poco, llegué a la barra y noté que Francoise, la chica que me atendió, me estaba esperando con una linda sonrisa y un cocktail para invitarme a visitar la ciudad. Me sentí confortada con su hospitalidad y ansiosa por estar con ella.

En camino a  nuestro destino, la pizzería de un amigo suyo italiano, pasamos por un lindo camino donde la gente local se reúne con sus amigos y observa a las bellezas que pasan por ahí, como la bella Francoise que iba vestida con un pequeño short que dejaba ver sus lindas piernas que fácilmente podían ser eternizadas en una escultura.

Después de su cortes invitación a cenar, la invité ahora yo a tomar un café a mi cuarto para platicar sobre su país, sus Alpes nevados, sus rutas de vino, su igualdad, su fraternidad y la libertad loca que tuvimos esa tarde... Que en el próximo capítulo les contaré.



 



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