Milagro de no carnaval
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Esta época de carnaval y fiesta siempre me recuerda una historia muy buena. Era mi primer carnaval soltera, después de estar años con mi novio. Se imaginarán lo que yo deseaba desatarme y estar con todos los chicos que deje pasar durante todo ese tiempo que estuve en relación. Decidí que iba a salir todos los días a conocer gente y fueron unos días increíbles, aunque recuerdo uno en especial, ya verán por qué…
Era sábado y fui con Denise a un baile de Carnaval en un club en Floripa. Era una fiesta de fantasía clásica y yo tenía un disfraz genial. Me disfracé de Madonna, pero no cualquier Madonna, si no la de los 80’s. Llevaba un corset blanco, medias de rejilla y una falda de tul con una peluca rubia y no podía faltar el maquillaje para ser la auténtica diva del pop.
En la pista había bomberos, indios, y toda una gama de fetiches para ser explorados. Ordené una caipirinha y nos adentramos en la pista.
Caminé por la sala con el ritmo de la música observando aquellos cuerpos sudados, toda aquella energía sexual. De repente, como una visión divina, vi a un moreno, alto, de cabello ondulando hasta los hombros, ojos azules como un manantial, cuerpo delineado cubierto por una túnica blanca hasta los pies. En la cabeza tenía una tiara. Tenía cara de Jesús en el propio carnaval. No podía creer en aquel milagro. Me acerque decidida hacia él, que en seguida percibió lo que iba a buscar.
Me puse sobre las puntas para susurrarle al oído: “¡Jesucristo, aquí estoy!”. La caipirinha ya se me había subido un poco a la cabeza. De cualquier manera funcionó, pues el inmediatamente me mordió la oreja y me pegó a su cuerpo. Pasé mis uñas por su espalda por encima de la túnica, mientras él me besaba el cuello. Nuestros cuerpos se apretaban y seguíamos besándonos, pero tuvimos que movernos a un lugar mas reservado para que la sociedad florianopolitana no presenciara auténticas escenas de sexo.
Salimos del lugar y caminamos por el césped del club hasta que encontramos una laguna lo suficientemente grande y obscura para servirnos de escondite. Me apoyé sobre un tronco, él se acercó a mi y con sus grandes manos me quitó mi tanga.
Me prendió su respiración bajando desde mis pechos hasta mi abdomen dándome pequeños besos y dejándome toda mojada. Colocó una de mis piernas sobre su hombro y comenzó a besarme muy profundo. Yo intentaba controlar mis gemidos para no llamar la atención, pero el orgasmo que sentí fue tan fuerte que no pude evitar gritar a todo pulmón “¡Jesus!”.
Después de ese divino regalo, era mi turno para retribuirle. Al subir su túnica para arriba, comprobé lo que ya me imaginaba. Su pene era hermoso, rosado, grande, con pocos bellos, tan perfecto que me encantó colocármelo en la boca. Estaba a punto de recibir la mejor chupada de su vida. Fui incansable y él tuvo que pedirme que parara porque quería gozar dentro de mi. ¿Y quién soy yo para negarle algo a Jesús? ¿Judas?
Saqué un preservativo que tenía en mi corset (¡siempre preparada para todo!) me coloqué de espaldas a él y con mis manos agarradas al tronco y mi culo empinado, entró despacio y todo mi cuerpo se estremeció. Me penetró de nuevo, fue delicioso. Conseguimos gozar tranquilamente y solo nos distrajo los de seguridad cuando quisimos entrar en la laguna desnudos. Ellos debían estar disfrutando el espectáculo del sexo entre Madonna y Jesús Cristo.
Cuando regresamos a la fiesta Denise estaba bailando muy arrimada con un sheriff. Le avisé que me iba a ir con Jesús y dejé a mi amiga en manos de la ley. Antes de salir del estacionamiento disfrutamos otra vez en el carro, y otra vez cuando llegamos a mi casa. Recién soltera como estaba no pensé en apuntar su nombre y su teléfono. Mejor así, creyendo que fue una experiencia sobrenatural.
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