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Juguetes sexuales

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                                                                                                                             Getty Images



Hacía más de un año que Gabriel y yo pasábamos noches juntos. No muchas, para que no se convirtiese en algo serio. Nuestros encuentros siempre fueron tan calientes e intensos que el desayuno del día siguiente consistía en un Red Bull. Siempre fue divertido experimentar con él nuevas horizontes de placer.

Él tenía facciones latinas, era moreno y tenia barba, ni demasiado fuerte ni demasiado alto. Lo que me llamó la atención de él cuando le conocí fue su sonrisa. Nos conocimos en un antro, bailamos un rato con los cuerpos pegados, las piernas entrelazadas y en seguida nos fuimos a su casa. Me dominó por completo y yo no hacía ninguna objeción cuando él me movía para cambiar de posición sin decir una sola palabra. Intercambiamos teléfonos y el segundo encuentro también era para probar. Como la química se confirmó esa segunda vez, le di el número de mi casa y tres meses después me llamó. Y así se fueron dando las cosas hasta nuestro encuentro de la semana pasada.

Llegó sobre las 22 horas a mi casa. Yo lo recibí con botas altas ajustadas, medias a media pierna y una tanguita de hilo dental con su respectivo liguero. A él le gustaron tanto mis senos con la luz que venía de la entrada, que después de saludarme sonrió y comenzó a besarlos ahí mismo con la puerta abierta. Después de mis senos, me besó en la boca, me cargó y fuimos para el cuarto. “Tu ropa va a combinar muy bien con los accesorios que te traje”, me dijo. “¡Adoro las sorpresas!” Gabriel sacó de su bolsillo una venda negra, pero antes de hacer algo con ella me preguntó “¿Dónde guardas tu vibrador?” ¡Que travieso! Pensé yo. “están en aquella mesita” y apunté a una mesa de noche al lado de mi cama, ¿Dónde mas los guardaría yo?, me quedé pensando.

Gabriel me ordeno ponerme de espaldas, frente a él. Yo obedecí. Me vendó los ojos y permanecí quieta esperando lo que estaba por venir. “Coloca las manos juntas detrás de ti”. Ató mis manos a mi espalda. Comencé a reírme de la ansiedad sin saber cuál sería su próximo paso. “¿Te ríes?” me dijo, “sé una buena chica y quédate quieta”. Me callé y sentí sus manos pasando por mi pantorrilla, abriendo el zíper de mi bota mientras que su boca pasaba por atrás de mi espalda.

Me hizo quitarme las botas y continué de pie, ciega, muda, con las manos inmovilizadas, sintiendo cada caricia suya con una intensidad tan grande que solo de bajarme las medias tocando mis piernas hizo despertar mis jugos. Me tomó de la cintura con sus manos y me hizo dar tres pasos hacia el frente. Pegué mis rodillas en el borde de la cama y me dijo” ahora ponte de rodillas ahí en la cama y empina esas nalgas para mí”. Hice lo que me mandó y apoyé mi rostro en la cama ansiosa por el próximo paso.

Sentí su boca besando mis nalgas y su la lengua rozando el elástico de la tanga. Estaba muriendo de pasión y con cada movimiento suyo mi cuerpo se excitaba más y más.
Oí a Gabriel abrir mi mesita de noche. Luego me volteó y lo vi más goloso que antes. Mordió mis ingles y me quitó la tanga con fuerza. Agarró mis nalgas con sus dos manos y me besó toda, dejándome más mojada que antes. Su lengua era feroz, recorriendo cada centímetro. Yo gemía alto y él colaba su lengua cada vez más adentro, apretando mis nalgas y espalda como si quisiese meter toda su lengua dentro de mí. Tuve un orgasmo alucinante, y si no hubiese tenido las manos atadas le hubiera arrancado la ropa. Pero él sabía eso pues se quedó viendo como luchaba contra mis cadenas. “Calma mujer. Que todavía no he acabado contigo”. Sentí que me penetraba con un dedo. Lo deslizaba para dentro y para fuera. Metió otro más, y para adentro y para fuera, otro dedo más…

De repente sacó los dedos y me penetró con fuerza. Grité de placer. Luego continuó entrando y saliendo con tanta fuerza y tantas ganas, que ni me pregunté por qué quería mis vibradores. Gocé una, dos y diez veces antes de que él decidiese que era hora de cambiar de posición y ponerme de lado. Me beso un poco más, garantizó la lubricación y me penetró de nuevo. Pero esta vez me penetró hasta el fondo, muy profundo. “Gabriel…”, “Shhh”. Ya que no podía contestar, traté de aprovechar el momento en fantasear que tenía a un hombre como juguete sexual.

Se tardó en quedar satisfecho y a mí me encantó. Me quitó la venda y noté que él todavía estaba vestido, con la bragueta abierta y aquella sonrisa que adoraba. Esperé a que él dijera algo para saber si ya tenía permiso de nuevo para hablar. “¿Dónde está el tesoro para que pueda soltar tus manos?” Me preguntó. “Está encima de la mesita…” pero al voltear a buscarlo, ya no estaba ahí. “¿Entonces me hiciste todo eso con un vibrador?”. Él solo rió sin responder. Ahora que estaba liberada, y pudiendo hablar, pensé que era momento de compensarlo, y lo hice a mi manera. Jugamos toda la noche a dominar y ser dominado. Finalmente nos dormimos y por la mañana la dominadora fui yo. No espere que el reaccionara para comenzar a retribuirle todo el placer que el me había dado la noche anterior.




 



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