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Llega un momento en la vida en que las fiestas de graduación son sustituidas por bodas y fiestas infantiles. A mí me llegó ese momento. Esta vez, fue la fiesta de los 5 años del hijo de una de mis mejores amigas de la facultad, Flora. Ella se casó a mitad de la carrera y aunque nuestras vidas son muy diferentes ahora, continuamos siendo muy buenas amigas. Aún así, intenté eludir la fiesta por eso de los niños, pero como iba a ser en su casa de campo, y tengo muy buenos recuerdos ahí, me convencí de asistir.
El día estaba lindo, con mucho sol y una fresca brisa que enmarcaban un bello encuentro de amigos y familiares. Yo, que casi soy como de la casa, me convertí en ayudante del parrillero y me hice responsable de los cocteles. Una buena manera de hacer contactos por cierto. En ese momento llegaron los parientes de Elton, marido de Flora. Toda una gama de tíos, primos y más niños. En medio de ellos, un primo llamó mi atención. El chico era bonito, pero parecía muy joven. Tenía estilo de patineto, piel clara, cabello oscuro y barba al ras.
Continué ofreciendo cocteles a los recién llegados, intentando evitar al primo pues me incomodaba su mirada incisiva. Nos miramos algunas veces y él me miraba con expresión descarada y golosa. Yo sonreía pensando en cuan inofensivo era aquel jovencito. Nuestros cruces de mirada se volvieron más constantes, pero ninguno de los dos hizo alguna aproximación. Comencé a sentirme tan tensa con la situación que fui al baño a refrescarme. En el camino me venía preguntando qué tan malo sería darle unos besos al primo de Elton. Llegué al baño y cuando iba a cerrar la puerta, el primo estaba detrás de mí.
Nos quedamos frente a frente por unos segundos. Él se aproximó, no era mucho más alto que yo, pero tenía unos hombros grandes. Entró al baño conmigo y nos besamos violentamente, el agarrándome el cabello, palpando mis senos, apretándome contra él. Respiraba con fuerza, sintiendo aquel olor a rosas del baño mezclado con el aroma cítrico de su perfume, mientras que él me colocaba encima del lavabo. Yo le abrí el cinturón, los botones y le baje el ziper. Él tampoco tuvo dificultad en quitarme mi tanga además de que yo llevaba uno de mis vestidos de verano.
Se arrodilló y acarició mis muslos. Sentí sus labios aproximándose a mi ingle y la piel se me puso de gallina cuando su escasa barba me rozó la piel. Acercó su lengua hacia mí y yo le apreté los hombros para que me devorara entera. “¡Qué chico tan experto!” Le susurre que quería sentirle dentro de mí y él se levantó.
Toda esa astucia me puso más loca. ¿Cómo era posible que ese chico estuviera tan bien entrenado? Sus manos separaron mis rodillas con determinación y me penetró con fuerza. Se mostraba vigoroso y mantenía el ritmo como un nadador olímpico. Yo quería morderlo, arañarlo, apretar toda esa perfección juvenil, todo ese fuego reprimido, que sumado a los cocteles me hicieron venir en 3 minutos. Y él aún seguía firme y fuerte.
Su actuación estuvo bien, pero el merecía aprender algo de la Bella Stephany, así que tomé las riendas de la situación, lo mandé sentar en la taza y lo encaré. Él me lanzó una de sus sonrisas maliciosas y esta vez yo me arrodille. ¡Su pene era hermoso! Rosado, levemente grueso y grande. Acerqué mi boca con gusto y le mostré todo el potencial que Stephany guarda para las ocasiones especiales. Lo lamí, chupe, le di pequeñas mordiditas, me lo metí entero en la boca…le hice de todo. Hasta me sentí culpable por estar abusando de su inocencia. Al final, después de ese oral, nunca más volvería a ser el mismo. Se vino con fuerza y yo me bebí toda su fuente de juventud.
Me compuse mientras él tomaba conciencia de lo que le acababa de pasar. Descubrí que su nombre era Bruno y que tenía exactamente 20 años. Salimos del baño, yo volví a mi mesa de cocteles y él junto a sus padres. Durante la fiesta cruzamos algunas palabras, pero nada más.
De esa ocasión me llevé muchos recuerdos, una comida exquisita y ¡un orgasmo con alguien que nació en el 90.