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Batiendo continencia

Batiendo continencia

Desde que me mude a Florianópolis, mi mejor amiga, Denise y yo creamos una tradición: sentarnos en un banco en el malecón para ver correr a los militares. Ese tipo de hombre bronceado, musculoso, y lindo siempre me ha gustado. Siempre que iba a verlos me ponía unos shorts deportivos y me sentaba en la banca a esperar pasa a todo el contingente. La cosa era muy inocente, pero siempre que los veía suspiraba por ellos.

Después me fui a vivir fuera y la tradición se perdió, pero el recuerdo siempre quedó en mi memoria.

Ahora, años después, ya adulta y de vuelta a esa ciudad que tanto amo, pensé en correr un rato por la orilla del mar en la mañana. Juro que sin intención alguna, ¡Lo juro! A la hora de la comida tenía una reunión con mi nuevo editor en el centro de la ciudad. Pensé en llevar una ropa para correr en lo que daba la hora para mi cita.

Cuál fue mi sorpresa cuando descubrí que el horario de los soldados se había cambiado: estaban corriendo a las 10 de la mañana. Cuando sentí toda aquella testosterona, me quité los audífonos de mi iPod para escucharlos. Todos corrían a un ritmo perfecto, no pude evitar emocionarme con aquellos hombres disciplinados.

Pero ahora ya no soy una niña, ya no me tenía que sentar en un banco a esperar verlos pasar. Me armé de valor y pase en medio de ellos en sentido opuesto a como venían. Sentir todas esas miradas encima de mi me encanto, y oler aquel sudor lleno de testosterona me dejo temblando. Y una cosa (casi inédita) me sucedió: perdí el control. Cuando salí de aquel trance me di cuenta que me había tropezado, me había torcido el tobillo y me estaba cayendo.

Obviamente, aquel era un lugar perfecto para caer, pues al mismo tiempo que sentía que me estaba cayendo unas manos fuertes me sostuvieron. ¡Qué delicia! Casi me desmayo de nuevo solo por la diversión de ser agarrada por esas manos. El sargento, o quien fuese que estaba dirigiendo al grupo, autorizó que dos de ellos parasen de correr para ayudarme.

No sé si eran los más bonitos, porque a mi todos me parecían lindos, pero eran dos estatuas griegas. Me sentaron en un banco, y examinaron mi torcedura cuidadosamente, muy callados. Cada vez que una mano de ellos me tocaba yo tenía un mini orgasmo. Ellos me preguntaban si me dolía y comentaban que estaba muy inflamado, pero yo no conseguía sentir nada más que escalofríos por mi cuerpo, y mi corazón bombeaba tan fuerte que tenía miedo que ellos los escuchasen.

Como el cuartel estaba al otro lado de la calle, decidieron llevarme allá, para que su médico me examinara. Fui caminando agarrada de los brazos de aquellos dos dioses griegos.

A la hora de dejarme en el consultorio médico del ejército me tuve que soltar de aquellos dos monumentos y casi lloro. Me dijeron que me iban a cuidar bien y que estaría en buenas manos. Y así yo pensé que terminaría ese cuento, sin regalo de Navidad.

Mi tristeza desapareció en el instante exacto que la puerta de consultorio se abrió y vi a la criatura más linda que habían visto mis ojos. No sé si el ejército brasileño hace algún tipo de pre-selección, pero tuve la impresión de haber entrado al cielo. Y el doctor con su sonrisa hermosa me pregunto:

- ¿Te torciste el tobillo?

Pensé que me iba a desmayar de nuevo. Él vino hacia mí para ayudarme a levantar, me paso un brazo alrededor de la cintura y me ayudo a caminar hasta el consultorio.

Lindo, alto, encantador, probablemente Inteligente y con una sonrisa deliciosa... No me pude resistir. En lo que el cerraba la puerta, yo seguía agarrada a él, nos quedamos frente a frente de una manera no intencional, pero aquello fue demasiado para mí. No me aguante y acerque mi rostro al suyo, sin llegar a besarle. Me quede ahí parada un segundo, con nuestras respiraciones juntas, hasta que el no pudo más y me beso.

No conseguí pensar en la ética, solo sentía. Sentía aquellas manos habilidosas, pero al mismo tiempo fuertes, subiendo por mi espalda, tomándome de la nuca, agarrando mí cabello, chupando mis labios con fuerza. Su boca carnosa iba descendiendo por mi cuello, lamiéndome, mordiéndome, y sin darme cuenta ya estaba encima de la camilla, mientras el besaba cada parte de mi cuerpo. Casi sin darme cuenta ya estaba dentro de mí y salía, y volvía a entrar y salir. Todo perfecto. Mañana perfecta. Carrera perfecta. Sexo celestial.

Me coloque la ropa y él me acompaño hasta la calle donde un taxi me esperaba, nada de manejar en una semana. Mientras caminaba hacia el taxi, llegaban los militares de correr. Sentía sus ganas de voltear a verme, pero no podían ser tan exagerados pues venían acompañados del sargento.

No conseguí ir a mi reunión y no porque no pudiese manejar, sino que no estaba en condiciones psicológicas, y no tenía ganas de hacer nada más en aquel día. Ya en casa, abrí una botella de vino y me senté en la terraza a pasar el resto del día con la mirada perdida en el horizonte deleitada por aquella estupenda mañana.





 



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