Formas, tamaños y materiales de las copas pueden hacer una gran diferencia a la hora de beber un vino. Para poder disfrutar un buen vino es necesario llevar en cuenta algunos detalles, no es suficiente tener una buena botella de vino, debemos servirlo en una copa adecuada y con la temperatura correcta de servicio.
El concepto básico es que el tipo de vino determina el tipo de copa a utilizar, su forma y su tamaño. Hace varias décadas se descubrió que un mismo vino servido en diferentes copas, cambiaba de aromas y sabores. Por increíble que parezca, un vino que tiene aromas frutados y florales en una copa, puede tornarse alcohólico o herbáceo en otra, como también su gusto puede cambiar, estar perfectamente equilibrado en una y presentar alguna arista en otra, por ejemplo, acidez elevada.
Una copa de vino debe estar formada de tres partes, cáliz, tallo o pié y base, hecha con cristal o vidrio fino transparente, el cáliz tiene que tener forma de tulipa, con la boca estrecha, para formar lo que llamamos de cámara de aromas, caso contrario, o sea, con la boca más ancha perderíamos los aromas del vino. Para comprobar esto resulta interesante hacer una simple prueba, servir el mismo vino en una copa con la forma descripta anteriormente y en otra con el cáliz con la boca más ancha o en un vaso. Primero sienta los aromas del vino en la copa y después los del vaso, va a ver que en este último es prácticamente imperceptible.
Nunca me olvido de la primera “degustación de copas” que participé, organizada por la cristalería austríaca Riedel, una de las principales en la fabricación de copas para vinos, que bajo el concepto de que el contenido determina la forma, fabrica copas con características específicas para cada tipo de vino y también para otras bebidas. La idea de la degustación era servir el mismo vino en diferentes copas para ver cuáles eran los resultados organolépticos y puedo afirmar que la mayoría de los participantes estaban sorprendidos.
Los vinos tintos, en general, precisan de copas grandes y los blancos de tamaños intermedios, eso influencia mucho en la intensidad y en la calidad de los aromas. La forma, que también colabora con la expresión aromática, determina como el vino es enviado a nuestra boca. Por ejemplo, en un vino de acidez moderada, se busca una forma que envíe el vino al centro de la lengua y en un vino de alta acidez, que pase por la punta de la lengua para destacar el carácter frutado y el equilibrio con los demás sabores, lo cual es el principal objetivo. Si prestamos atención, podemos notar que algunos formatos de copas, cuando vamos a beber, nos hacen levantar la cabeza más que otros, enviando el vino a diferentes partes de la lengua. Copas o vasos con la boca más ancha, además de hacer perder aromas, puede enviar el vino hacia los laterales de la lengua, acentuando los sabores ácidos.
En relación al material, sin duda, el cristal es el mejor, por su fineza, acabado y transparencia. Copas con diseños o con color pueden ser lindas, pero no son adecuadas para degustar, ya que no permiten una correcta lectura visual, que es el primer contacto que tenemos con un vino y el primer paso de una degustación.
Por todas esas diferencias percibidas de un mismo vino en distintas copas, un grupo de especialistas franceses criaron alrededor de 1970, la copa de degustación normalizada, actualmente utilizada por todos los degustadores del mundo, con el fin de que un mismo vino pueda ser evaluado de la misma forma en distintos lugares.
Un vino de calidad necesita de una copa adecuada, la cual hace una gran diferencia, acentuando el equilibrio aromático, gustativo y demás, pero no transforma un vino de baja calidad o con algún defecto en un buen vino. La temperatura de servicio también es muy importante, al igual que una buena combinación con un plato y una agradable compañía. Cuando tenemos un excelente vino, tal vez no deberíamos pensar tanto con qué acompañarlo y si con quién beberlo y disfrutarlo.