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La joya de los Andes
Cuzco (Cusco, en Perú), del quechua Qosqo o Qusqu, que significa obligo del mundo… La eterna ciudad del Imperio Inca que descansa a más de 3.400 m. de altura, desafía el tiempo y la solemnidad. Urbe construida con piedras y siglos, tiene un encanto que la hace único en los senderos y rumbos de América del Sur. Sin duda, una experiencia inolvidable a los pies de Machu Picchu, santuario de viajeros de todo el planeta.
Las leyendas atribuyen la fundación de Cusco al Inca Manco Capac entre los siglos XI y XII. Después del fin del imperio, en 1532, el conquistador español Francisco Pizarro, invadió y saqueó la ciudad. La mayoría de los edificios incas fueron arrasados por los clérigos católicos con el doble objetivo de destruir la civilización inca y construir con sus piedras y ladrillos las nuevas iglesias cristianas y demás edificios administrativos de los dominadores, de esta forma imponiendo su pretenciosa superioridad europea. La UNESCO la declaró la ciudad, especialmente su centro histórico, en patrimonio Cultural de la Humanidad el 9 de diciembre de 1983. Actualmente cuenta con unos 300.000 habitantes.
El punto de partida no puede ser otro que la Plaza de Armas, epicentro de la ciudad, lugar donde convergen todos los barrios, calles y visitantes. Cercada por la Catedral (con el edificio de la Santa Inquisición) y la Iglesia de la Compañía de Jesús (una de las muchas que salpican los diferentes barrios), la plaza cuenta con bares, restaurantes y agencias de viaje y cambio (aunque es más recomendable cambiar dinero en la Av. Del Sol). Destaca, entre todos los barrios, el de San Blas. Talleres de arte (la escuela cusqueña de pintura es muy renombrada), posadas, cafés… Un lugar único para perderse y encontrarse.
Los museos, como el Kusicancha (en memoria del inca Pachacuteqe) o el Korikancha (el Templo del Sol, uno de los lugares más sagrados para los incas) con sus muros de piedra finamente pulida que sirvieron de contrafuertes para la construcción del Convento de santo Domingo. Los palacios de los Amautas (sabios en quechua) y de la Ñustas (mujeres denominadas princesas al servicio de la alta jerarquía incaica) y la fortaleza de Sacsayhuaman, son pequeñas muestras de un universo de vestigios de incalculable valor. La Piedra de los Doce Ángulos, en la calle Hatum Rumiyoc, es un regalo de la ingeniería de los antiguos incas.
Otra visita interesante es la del mercado Central de San Pedro, dividido en sectores, deslumbra con las flores, jugos, cafés y cacao, fetos de llama para ceremonias religiosas y la carnicería (no recomendable para personas sensibles).
La gastronomía deambula entre la tradición (cuy – cobaya, papas a la huancaína, carne de alpaca, chicha, anticuchos) y la internacionalidad (muchos turistas vinieron para quedarse y abrieron restaurantes de las más variadas culinarias).
Para quien busca emociones diferenciadas, hay locales que ofrecen rituales con plantas de poder (ayahuasca o San Pedro) y ceremonias de ofrendas a las entidades incaicas. El té de coca es un buen aliado para combatir el soroche, mal de altura, que para muchas personas representa un problema en los primeros días de adaptación, especialmente para quien vuela directamente desde Lima.
Una cosa que no falta es hospedaje. Hoteles suntuosos y coquetos, del lujo a los albergues para mochileros, las opciones son múltiples. Muchos de esos hoteles funcionan también como agencias de viaje y casas de cambio.
A parte de Machu Picchu, que merece un reportaje por sí mismo, es posible visitar las ciudades vecinas de Pisac, Chinchero, Poroy, Tipón y el valle del río Urubamba, llegando a Ollantaytambo (visita obligada por la belleza de sus ruinas), punto de partida del Camino Inca, que conduce a Machu Picchu, tras cuatro días de caminada.
Consejos
Para visitar Cusco, intenta evitar los meses de diciembre a febrero (época de lluvias), lo ideal es el mes de junio, donde se celebran muchas fiestas populares, incluyendo el Inti Raymi (Día del Sol, fiesta sagrada de los incas).
La temperatura es siempre la misma, calor hasta la puesta de sol (hacia las 6 de la tarde), después frio. La ciudad cuenta con muchas tiendas especializadas en ropa de montaña y artesanía – vale la pena comprar prendas de alpaca – que disponen de todo lo necesario para combatir la noche gélida.
Para visitar Machu Picchu existen varias opciones. Tren (con salidas desde Cusco y Ollantaytambo), caminando (hay paquetes de dos y cuatro días) o en coche, más barato pero demorado. Es bueno hacer noche en Aguas Calientes, para salir temprano y evitar la llegada masiva de turistas al mediodía. También se puede visitar el Lago Titicaca (mejor desde la linda ciudad de Copacabana, en Bolivia, que desde la fea y decadente Puno, en Perú); y la selva de Manu, una de las más ricas en especies animales y biosfera.
Pocas personas conocen el Zoo de la Universidad, donde pueden apreciarse cóndores, pumas, guacamayos (en unas condiciones poco confortables).
La vida nocturna es una de las más heterogéneas, y locas, del continente. Opciones para personas de todos los tipos no dan tregua y terminan con al amanecer. En San Blas se encuentran los más íntimos y tranquilos, y en la Plaza de Armas los más agitados. Sin olvidarse de los bares populares y chicherías, de los nativos, donde la cerveza Cusqueña es degustada templada y la higiene ocupa un segundo plano.
Recomendamos la Oveja Negra, con música en directo de cantautor en la calle Arco Iris, los restaurantes Cicciolina (comida italiana de alto nivel con pasta casera y sushi de trucha) en la calle Triunfo, y Quinta Eulalia (comida tradicional, con especial atención a las carnes) en la calle Choquechaca. Por otro lado, casi todos los restaurantes tienen económicos y variados menús. Para descansar, un pequeño y lindo hotel con un mirador para la ciudad, Corihuasi. Con tiempo, también se puede aprender español, Cusco tiene muchas escuelas para extranjeros, entre las que destaca Amauta, en la calle Suecia.
Ahora, escoja una fecha, una buena compañía, y embarca para uno de los destinos más mágicos del mundo.
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