Incidente en los Andes.
Época de invierno en el cono sur del planeta y temporada de vacaciones de invierno. Nada como ir a esquiar cerca de casa: Santiago de Chile.
Viaje sola como suelo hacerlo. La mayoría de mis amigos tienen que trabajar y no pueden salir ni a la Cordillera de los Andes a hacer snowboarding y tomar unos drinks en medio de la nieve…háganme el favor.
Me encantan los viajes deportivos. Esta vez pensé hacer algo diferente: fui a pasar una semana alejada en la montaña practicando snowboarding, leyendo, escribiendo y bebiendo. Nada de socializar con nadie, nada se sexo, nada de nada.
Pero mis planes se vinieron abajo subiendo a Santiago. Contraté un instructor para que me acompañara a la montaña. Nunca me imagine que él tuviera tanto parecido con el tenista Marcelo Rios.
Eso para mi no fue otra cosa que una complot del universo contra mí, mostrándome que ese destino de quedarme sentada viendo crecer el pasto esté muy lejos de aquí. Así que ¡manos a la obra! Pero ¿cómo? Marcelo, o como se llame, vamos a dejarle Marcelo para efectos prácticos es un hombre súper serio, profesional, no me daba entrada para nada. Me preguntó acerca de Brasil, de la muerte de Becerro pero nada relevante.
Era como si no me viera, al contrario de la mayoría de los demás humanos, y la verdad no me late alguien a quien no le atraigo, me gusta que la gente me este halagando y coqueteando. Pero en este caso, él tenía una diferencia: era igualito a Marcelo Ríos.
Empecé por el camino menos empedrado, preguntando si era casado, prometida, novia, etc., etc. Al contrario de lo que piensa la mayoría de la gente, la palabra “escrúpulos” están dentro de mi vocabulario. Pero nada de eso: Era soltero, libre, en la plenitud de su vida y con el rostro del tenista más guapo que haya pisado las canchas del Grand Slam. Era una oportunidad que no podía dejar pasar.
De pronto, ante nosotros había un embotellamiento por que los coches estaban orillándose para ponerle las cadenas a sus llantas. No perdí ni un segundo y me pase al asiento de enfrente donde estaba Marcelo y empecé a sacarle platica. Entre sorprendido y feliz, eligió estar feliz. Saque una botella de Montes Alfa (nunca sabes cuando la vas a necesitar), un sacacorchos, la abrí y le ofrecí un trago. Él se negó evidentemente, así que yo seguí tomando de la botella (supuse que traer copas esta medio out). El solamente se reía y me seguía la corriente platicando de frivolidades sobre Chile, la muerte del becerro y otras cosas. Yo no soltaba la botella cuando se derramo vino sobre mí, juro que no fue mi intención. La mayor parte cayó sobre mi escote. Intenté limpiarme pero no logré hacerlo. Así que aproveche para chuparme los dedos, jalar mi blusa, bajarla y todas esas cosas básicas que harían pensar a Macerlito todo lo que podía hacer conmigo, pero que aún no le permitía. En ese momento, agarró un paquetito de pañuelos y comenzó a limpiarme. Cuando estaba en mi escote, saqué los pechos para que pasara su mano sobre mí escote, al tiempo que me chupaba mi dedo índice.
El no daba crédito a lo que estaba sucediendo, simplemente siguió limpiándome con la boca abierta, con cara de incrédulo. Suficiente: bajé la mirada hacia mi escote, quedando enfrente de él, al tiempo que respiraba más rápido, casi jadeando. A estas alturas él entendió el mensaje y las cosas avanzaron con una rapidez sorprendente, nada que ver con el principio de la historia. Poco tiempo después me di cuenta que Marcelo no era nada extraordinario, pero si era muy hábil con las manos, y muy entusiasta. Lo más relevante de todo esto fue el escenario, completamente blanco por la nieve con mil autos por delante y detrás, pero sobre todo un elemento interesante: un voyerista. El chofer de la land Rover estaba mirándonos por el retrovisor. Solo yo me di cuenta cuando estaba sentada sobre Marcelo dándole la espalda. Tengo que decirlo: me excita mucho ser observada.
Seguimos el viaje hasta la estación de sky. Marcelo se despidió de mí con lágrimas en los ojos y quedamos en que me recogería dentro de 5 días para regresar a Santiago. En el lobby del hotel, mientras hacía el check-in me percate que la persona que estaba realizando el mismo tramite que yo era el chofer de la Land Rover. El obviamente sabía quién era yo, y no me quito ni un minuto la vista de encima. Lo saludé y me aseguré de saber el número de su habitación. Estaba hospedado al lado mío…¿ven? ¡El universo conspira en mi contra!
Ya en la pista, hice amistad con una canadiense de descendencia japonesa, la bonita Yume, instructora de esquí y snowboard. Ella estaba con un alumno primerizo así que aproveché los tips. Cuando regresamos al hotel, decidimos tomar un Pisco Sauer y seguir la plática. Además de bonita y muy interesante, hablaba japonés, ingles, español y francés. Era de mente abierta por lo cual me tomé la libertad de invitarla a seguirla en mi habitación con otra botella de Montes Alfa…¡me encanta ese vino! Ella acepto con mucha naturalidad, no me lo esperaba.
Ya en la terraza de mi cuarto, rodeada por el bellísimo atardecer con nieve, ella empezó a contarme sobre las aventuras que había vivido alrededor del mundo. Siempre en escenarios de mucha nieve, deportes extremos y personas interesantes. En ese momento, yo percibí un leve movimiento en la terraza de al lado. ¡Ahhhh! Él estaba ahí, muy quieto intentando pasar desapercibido, pero observando todo el tiempo. ¡Era un voyerista profesional! Al calor del vino, empecé a quitarme el exceso de ropa. Yumi, que estaba más acostumbrada a las temperaturas extremas que yo, pidió permiso y se quedo con una blusita de tirantes y ropa interior. Hice lo mismo que ella, al tiempo que veía de reojo que nuestro adorable voyerista continuaba en su puesto. Yumi también se percató y pareció gustarle la idea. En ese momento, me tocó a mí contar mis travesuras por el mundo, no parábamos de reír, abrí otra botella y continuamos platicando hasta que de pronto el frio hizo de las suyas y provoco la erección de nuestros pezones. Ella se acerco, tocó mi cabello y me plantó un beso. Yo no perdí el tiempo y arranqué su blusita. Tenías senos pequeños y un cuerpo infantil en contraste con mi porte brasileño, lleno de curvas. Yo estaba encantada. Le quité su ropa interior de niña, muy diferente a la mía, y brinque encima de su cuerpo, que a pesar del frio estaba muy caliente. Él continuó al otro lado observando sin moverse. Usé mi lengua, los dedos, la nariz, el cabello todo. Me quité la tanga y le hice un masaje Tailandés sobre su delicado cuerpo. Ella me retribuyó mostrándome su habilidad con las manos. Nos besamos, mordimos, lamimos, mientras sus dedos entraban y salían, jugando aquí y allá.
Extasiadas, nos pusimos el abrigo por encima de nuestros cuerpos desnudos y seguimos tomando y platicando cuando el agente 007 ¡salió a escena! El teléfono sonó pero no les quiero contar lo que pasó después porque la historia se haría muy larga y muy fuerte para ser publicada.
¡Gracias por escribirnos!
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