La luna iluminaba todo el patio y no me cansaba de poner atención en sus piernas fuertes mientras mostraba y exhibía los dotes de su perro.
Era excitante escuchar su voz ronca y ver que fruncía la frente siempre que decía,” ven, siéntate, busca, ladra, levanta”. Lo que a él le parecía un juego, para mi era una invitación tentadora de aquellos que tienen todo para durar una noche entera.
Cuanto más se alejaba de mi, mi deseo se hacía más incontrolable. Quería que me llamara con los ojos para jugar conmigo también. No era la primera vez que me desbarataba de ganas de rozar mis senos en el pecho de aquel hombre y de doblar mis piernas en sus hombros. Solo que lo impresionante de aquel momento, era mi negación por hacerlo, sabiendo que mi deseo más grande era obedecerlo, igual que aquel perrito inocente que sabía que tenía un dueño malo.
Decidí acercarme acariciándolo lentamente, viendo cada centímetro de su cuerpo minuciosamente. Solo que no sacaba de mi cabeza la idea de besarle por completo. Y podía escuchar sus susurros y gemidos en mi imaginación, al tiempo que realizaba la espera de aquellas manos calentándome después de tanto tiempo.
En un escenario lo mas próximo posible al cielo, el sintió mi aroma de lujuria y empezó a catapultarme cariñosamente con su saliva que hacia mi cuerpo brillar con la luminosidad de la luna.
Sentía que estaba muy cerca de entregarme por completo y que él era mucho más que un cuerpo bonito, era un hombre con muchas cosas que yo deseaba.
Sus brazos me abrazaban y me protegían del frío que venia de la ventana, sus manos recorrían cada centímetro de mi piel y su miembro deseaba tanto estar conmigo, era solo mío.
Unimos nuestro fuego hasta que el jugo quemo toda nuestro regreso a la realidad, dejándome con más ganas de rasguñarlo y calentarlo con mi placer.
El día se iba y yo no tenía ganas de dejarlo solo, acostado en aquella cama enorme. Haría lo que fuera para dejar la luna donde estaba, mirandonos y bendiciendo aquel acto sublime y excitante.
Sin ese poder, restaba solo recordar el viento caliente en mi cabeza y pedir para que la próxima ves consiguiera no ser tan obediente para ser realmente adiestrada por aquel hombre.