¡Ay ay ay, esos viajes a São Paulo me están matando! La última vez tuve que quedarme en la ciudad por una semana. ¡Traumático! Si no fuera por la diversión que encontré ahí me hubiera vuelto loca.
Estaba sentada en Starbucks escribiendo tranquilamente, cuando se aparece un hombre guapísimo, con pinta de empresario y mucha personalidad. Estaba viéndolo cuando se sienta en la mesa de enfrente, mirando hacia mí. ¡Yammmy! Pero como estaba concentrada y tenía que entregar un trabajo urgente (prometí a mí editor que iba a darle 50 páginas hacía el final de la semana) me quedé bien quietecita y tranquilita.
¡Oh, Dios! Era el clásico hombre que atrapa la concentración de cualquiera y ¡mas la mía.!! ¡Enfócate Stephany, 50 páginas!!! Pero él no dejaba de mirarme… Estaba fría, sin ningún escote, ninguna falda, no mostraba nada, no entendía por qué…
Imagino que fue debido a las feromonas, yo qué sé… pero él vino hasta mi mesa. Pidió permiso y me preguntó si me estaba perturbando. Yo puse la sonrisa más descarada del MERCOSUR y dije que no, que no estaba logrando escribir nada – lo cuál no era del todo mentira: yo estaba escribiendo locamente hasta el momento en que él apareció, con su súper chaqueta Armani y el cabello gris más sexy del mundo, a lo cual no pude ni escribir una sola línea.
Entonces él me dijo que no era su costumbre hacerlo, pero estaba intrigado por mi belleza y encanto (debo confesar que mi i-book blanco debe haber contribuido, pero creo que el echo de que yo exhalaba sexo por cada uno de los poros de mi cuerpo tenía que haber sido la causa principal) y me pidió permiso para sentarse. Platicamos por más o menos 15 minutos, una charla sin importancia, hasta que me invitó a cenar.
A estas alturas yo ya estaba cansada del papel de niña retacada: lo invité a comer.
A él le encantó la idea, obvio, y quedamos de encontrarnos en un restaurante japonés a la 1 de la tarde. Intercambiamos teléfonos y nos despedimos.
Llegue a la 1 en punto al restaurante, llegar tarde no es parte de mi plan de seducción, viví en Inglaterra el tiempo suficiente para acostumbrarme a ser más pervertida y puntual. Un minuto después me estaba llamando para decirme que no podría salir de su oficina, le había surgido una reunión que no estaba prevista y no podría salir a comer. Se disculpo varias veces y dijo que me iba a recompensar en la cena.
mmm...
Le pregunté si no tendría tiempo ni para un lunch. Me dijo que sí… solo quería darme la atención que yo merezco. Le pregunté si su oficina era privada. De nuevo un sí… pregunté si no le importaría que yo llevara el lunch a su oficina. Simplemente le encantó la idea…
En menos de 10 minutos yo estaba en un restaurante de comida rápida tailandesa, São Paulo, es maravilloso en estos casos, sirviéndome pulpo y pato súper picante en cajitas para llevar.
Le encantó, probablemente le encantó más verme sentada sobre su escritorio en falda, con las piernas cruzadas dejando ver mis medias de encaje, chupando palillos y diciendo que me encanta la pimienta más que la comida. Pero creo que a él también le gustó la rápida y caliente comida thai…
Mensaje transmitido: liguero asomándose. Mensaje recibido. ¡Y es que me muero por hombres inteligentes! Me puso en frente a él, siguió sentado, retiro la cajita de comida de mi mano y abrió mis piernas… continuó sentado en su lugar, mirándome… mi tanga totalmente mojada. Puso sus manos firmes con dedos largos sobre mis rodillas y subió despacio hasta mi entrepierna. Apoyé mis manos en la mesa, eche la cabeza para atrás y puse mis pies en los brazos de la silla. Él subió mi falda y arrancó mi tanga. Ni me beso en la boca, se fue directo al punto. ¡Y yo directo al orgasmo! Lengua suave, dedos firmes y habilidosos: ¡bye!!!!
Coloqué mis pies sobre su hermoso pecho y lo empujé hacia atrás. Bajé de la mesa y me puse de rodillas frente a él. Abrí su pantalón, nada de sorpresas: ¡largo, firme, erecto, rosado y apetitoso!
Y cuando él estaba a punto de explotar… me puse de pie, de espaldas a él, manos apoyadas en la mesa, sus manos en mis senos, caderas encuadradas, todo en su lugar. Silencio total, horario de oficina, puerta cerrada, secretaria y empleados al otro lado de la puerta. Movimientos ondulatorios, repetitivos y enloquecedores. Muchos orgasmos.
Cenamos en un restaurante maravilloso aquella noche. No dejamos de jugar con los pies bajo la mesa y no pudimos evitar seguir jugando en el tocador (un día de estos me voy a convertir en la bandida de baños de Sao Paolo si no tengo mas cuidado).
Repetimos la dosis esa semana. Comida y cena todos los días. Generalmente no me gusta repetir el platillo, pero era necesario hacer una excepción. Este plato merecía ser degustado muchas veces…